Relato erótico de ficción basado en la filosofía FemDom, con contenido explícito y dinámicas consensuadas de dominación y sumisión. Solo para mayores de 18 años. Relato de @nereadominatrix

El Control Absoluto

El aire de la habitación era denso, cargado de expectación. La luz tenue de las velas proyectaba sombras danzantes sobre las paredes, y el silencio solo se rompía por el leve crujir del cuero de las botas de Victoria mientras entraba con paso firme. Su presencia era imponente: una figura alta, envuelta en un corsé negro que realzaba sus curvas, con una falda ajustada que dejaba entrever la fuerza de sus muslos. En su mano derecha, sostenía una pequeña jaula de castidad, cuyo brillo metálico relucía como una promesa de control absoluto.

—Esclavo, despierta —dijo con una voz que era a la vez melódica y cortante, como un látigo de terciopelo.

El esclavo, arrodillado en el suelo, alzó la mirada con una mezcla de reverencia y nerviosismo. Sus manos temblaban ligeramente, pero su postura era perfecta: espalda recta, cabeza inclinada, completamente desnudo salvo por el collar de cuero que rodeaba su cuello.

—Mi ama —respondió con un susurro, su voz cargada de sumisión.

—Mira, te he traído algo —continuó Victoria, levantando la jaula con una sonrisa cruel que no alcanzaba sus ojos—. Y quiero ponértelo.

—S-sí, mi ama —tartamudeó él, sus mejillas enrojeciendo bajo la intensidad de su mirada.

La Jaula de la Sumisión

Victoria se acercó con movimientos deliberados, casi felinos, y lo empujó suavemente hacia la cama. Con una calma exasperante, le quitó la poca ropa que aún llevaba, dejando su cuerpo vulnerable y expuesto. Sus dedos, fríos y precisos, manipularon su miembro, colocándolo dentro de la jaula de castidad. El clic del candado resonó en la habitación como un veredicto final.

—Esto está mucho mejor, esclavo. Ahora eres mío. Completamente mío —dijo, sentándose en el borde de la cama. Sus dedos rozaron su pecho, deteniéndose en un pezón para pellizcarlo con fuerza, arrancándole un jadeo—. Dime, ¿qué crees que te voy a hacer hoy?

El esclavo tragó saliva, su mente nublada por la mezcla de deseo y humillación. Con voz temblorosa, se aventuró: —¿V-vas a invitar a un amigo para que me folle, ama?

Victoria soltó una carcajada, un sonido cruel y melodioso que llenó la habitación. Se inclinó hacia él, sus labios tan cerca de su oído que sintió el calor de su aliento.

—¿Invitar a un amigo para que te folle? —repitió, burlona, mientras pellizcaba su otro pezón con más fuerza, haciéndolo estremecerse—. Eso sería demasiado fácil, putita. No, hoy te voy a enseñar lo que significa el control absoluto.

La Rendición Total

Victoria deslizó una mano entre sus piernas, rozando la jaula que aprisionaba su miembro. La presión era insoportable, una mezcla de frustración y deseo que lo hacía jadear.

—S-sí, mi ama —susurró él, con los ojos cerrados—. Estoy a tus pies. Humíllame, te lo suplico, ama.

Victoria se reclinó, complacida, sus labios curvándose en una sonrisa de satisfacción. Con un movimiento lento y deliberado, se bajó la falda, revelando su piel suave y sus generosos pechos, libres de cualquier atadura. Su entrepierna, expuesta, era un recordatorio de su poder absoluto.

—Muy bien, putita —dijo, su voz baja y cargada de autoridad—. Quiero que beses cada uno de mis pezones, con devoción. Luego, te pondrás de rodillas y lamerás mi coño hasta que esté satisfecha. Y después… —hizo una pausa, dejando que el silencio se volviera insoportable—, te follaré con mi strapon hasta que supliques piedad.

Levantó la llave de la jaula de castidad, colgándola frente a sus ojos como un trofeo.

—Recuerda que solo yo la tengo. No puedes escapar, puto esclavo. Ahora, obedece.

La Humillación Definitiva

El esclavo, con el rostro enrojecido y el cuerpo temblando de anticipación, se inclinó hacia ella. Sus labios rozaron cada pezón con una reverencia casi religiosa, mientras Victoria lo observaba con una mezcla de desdén y placer. Luego, él descendió, su lengua explorando su entrepierna con una dedicación desesperada, sabiendo que cualquier error sería castigado. Victoria gemía suavemente, pero su control nunca vacilaba; cada movimiento suyo estaba diseñado para recordarle su lugar.

Cuando estuvo satisfecha, lo empujó hacia atrás con un gesto despectivo.

—Buen chico —dijo, poniéndose de pie y ajustándose un strapon negro y brillante. La visión era intimidante, y el esclavo no pudo evitar un escalofrío—. Arrodíllate y prepárate.

El acto fue lento, deliberado, cada embestida un recordatorio de su sumisión absoluta. Victoria lo tomaba con una mezcla de crueldad y precisión, sus manos apretando sus caderas mientras él gemía, atrapado entre el dolor y la rendición. Cuando terminó, lo dejó jadeando en el suelo, su cuerpo temblando bajo el peso de la humillación.

El Espectáculo Final

Pero Victoria no había terminado.

—Levántate —ordenó, ajustándose el corsé y recuperando su compostura—. Esta noche, esclavo, vas a aprender lo que significa ser verdaderamente insignificante.

Un golpe en la puerta interrumpió el silencio. Victoria sonrió, un destello de malicia en sus ojos.

—Adelante —dijo, sin apartar la mirada del esclavo.

Un hombre entró, alto, confiado, con una sonrisa arrogante que hizo que el esclavo sintiera un nudo en el estómago. Era Daniel, un amigo de Victoria, conocido por su carisma y su disposición a participar en sus juegos de poder.

—Victoria, siempre un placer —dijo Daniel, acercándose para besar su mano con una reverencia burlona. Luego, su mirada cayó sobre el esclavo, desnudo y arrodillado, con la jaula de castidad brillando bajo la luz—. ¿Este es el perrito de hoy?

—Así es —respondió Victoria, acariciando el cabello del esclavo con una ternura engañosa—. Y esta noche, va a demostrar cuánto me adora.

Daniel se rió, desabrochándose lentamente el cinturón.

—Vamos a divertirnos, entonces.

Victoria se acercó al esclavo y le susurró al oído:

—Vas a complacer a mi amigo, putita. Y lo harás bien, o te aseguro que esta jaula será lo menor de tus problemas.

El esclavo, con el rostro ardiendo de vergüenza, obedeció. Bajo la mirada implacable de Victoria, se acercó a Daniel, sus manos temblando mientras cumplía las órdenes. Cada movimiento era una lección de humillación, cada palabra de Victoria un recordatorio de su lugar. Ella observaba, complacida, mientras el esclavo se esforzaba por complacer, su mente atrapada en un torbellino de sumisión y degradación.

Cuando Daniel estuvo satisfecho, Victoria lo invitó a sentarse en un sillón cercano. Ella se acercó a él, sus movimientos sensuales y provocadores, y comenzó a desvestirse lentamente. El esclavo, aún arrodillado, recibió una orden final:

—Toma estas copas de champán —dijo Victoria, señalando una bandeja cercana—. Sosténlas, desnudo, en castidad, y no derrames ni una gota. Quiero que mires, esclavo. Mira lo que nunca tendrás.

Con las manos temblorosas, el esclavo tomó las copas, su cuerpo expuesto y vulnerable. Victoria y Daniel, ignorándolo por completo, se entregaron al placer mutuo, sus risas y gemidos llenando la habitación. El esclavo, arrodillado, con las copas en alto, sentía el peso de su humillación como una cadena más pesada que la jaula que lo aprisionaba. Cada risa, cada caricia entre ellos, era un recordatorio de su insignificancia, de su lugar a los pies de su ama.

Cuando terminaron, Victoria se acercó al esclavo, aún sosteniendo las copas intactas.

—Buen chico —susurró, quitándole las copas con una sonrisa cruel—. Quizás, si sigues siendo tan obediente, un día te deje besar mis botas otra vez.

El esclavo bajó la mirada, su corazón latiendo con una mezcla de vergüenza, deseo y devoción absoluta. Sabía que nunca escaparía de su control. Y, en el fondo, no quería hacerlo.